miércoles, 8 de diciembre de 2010

Im-paciente agresor

Insultos, intimidaciones, coacciones e, incluso, violencia física. Este es el premio que algunos ciudadanos otorgan a aquellos que velan por su salud. Una encuesta realizada por la empresa Pfizer informa sobre el aumento de agresiones contra el personal sanitario en España. Un problema que rebasa fronteras y evidencia los cambios producidos en la relación médico paciente.

La medicina se ha convertido en una profesión de riesgo. La Organización Mundial de la Salud informa de que el 25% de la violencia laboral se produce en el sector sanitario. Algo lógico, dadas las especiales condiciones emocionales de los enfermos, la estrecha relación entre médico y paciente y el complejo entramado burocrático de los centros de salud. Las cifras hablan por si solas. En España, siete de cada diez médicos han sido víctimas de amenazas, un 3% de las cuales llegaron a la violencia física. Y las cifras podrían ser mayores, ya que no todas las agresiones se denuncian.

Las largas esperas en los hospitales, que el facultativo no recete o realice las pruebas que el paciente espera, o la negativa a conceder la baja laboral, son las principales causas de las agresiones.

De la devoción de antaño por la bata blanca se ha pasado a su desprecio. Cuatro de cada diez médicos consideran que los pacientes españoles emplean el sistema sanitario de forma abusiva. Ya no acuden a la consulta con la confianza en los conocimientos y el criterio científico del doctor. Al contrario. Ellos mismos diagnostican su supuesta dolencia tras leer un artículo en una revista o visitar un foro en internet y exigen unas pruebas y un tratamiento concretos. Pagan sus impuestos y merecen que todos los recursos estén a su alcance, aunque solo padezcan una gripe estacional.

“Los pacientes han cambiado”, explica José Carlos Fuertes, autor de la encuesta Pfizer. “Del paciente-paciente hemos pasado al usuario-cliente que se informa, exige, presiona. Y ahí se ha cometido una gran equivocación: el transmitir a la población la falsa idea de que existe un derecho a la salud. El derecho a la salud no lo tiene nadie, es imposible tenerlo, no lo tiene ni el médico. Lo único que se puede ofrecer es el derecho a la asistencia sanitaria, que es algo diferente“.

El aumento de conflictos en el ámbito sanitario no solo afecta la seguridad de los trabajadores, sino también de los usuarios. Leonor Cantera, psicóloga de la Universidad Autónoma de Barcelona, afirma que es el caldo de cultivo para generar tensiones entre los mismos sanitarios. “Esta tensión se convierte en catalizador de consultas agresivas puntuales e involuntarias entre los propios sanitarios, por malentendidos, porque tienen intereses, posiciones o deseos incompatibles, que se trasladan a los receptores del servicio, potenciando su agresividad particular”, explica.

La Organización Internacional del Trabajo define como violencia laboral toda acción, incidente o comportamiento que se aparta de lo razonable, mediante el cual una persona es amenazada, humillada o lesionada por otra en el ejercicio de su actividad profesional o como consecuencia directa de la misma”. Las agresiones en el trabajo tienen consecuencias sobre la dignidad y calidad de la vida de los afectados. Suponen un ataque a los derechos humanos como el honor, la integridad moral o la intimidad, entre otros.

Los pacientes olvidan con frecuencia que el derecho a la protección de la salud no está destinado de forma exclusiva a ellos, sino que incluye también a los propios sanitarios. La Constitución española recoge el deber de los poderes públicos de velar por la seguridad y las condiciones de higiene en el trabajo. Para ello hay que abordar este problema de una forma integral, ya que no se trata de un problema puntual, sino estructural, que tiene su origen en factores organizativos, sociales, económicos y culturales. Es necesario promover la prevención de las conductas violentas. Agilizar los trámites burocráticos o disminuir las largas esperas de los pacientes puede ser un buen comienzo. Pero, sobre todo, es necesario llevar a cabo una campaña educativa que informe a los ciudadanos de sus derechos y obligaciones como usuarios del sistema sanitario, que prepare a los trabajadores de los centros de salud para evitar situaciones violentas y que fomente la denuncia de las agresiones.

martes, 7 de diciembre de 2010

La nueva tercera edad

Cada vez son más las personas que a punto de alcanzar los sesenta empiezan a estudiar una carrera, a aprender a pintar o a hablar un nuevo idioma. Son la nueva tercera edad, una generación que no tuvo ocasión de seguir su vocación y que ahora dedica su tiempo a desarrollar sus aptitudes y hacer realidad lo que un día soñaron.

Hace solo dos décadas primaba el tópico de que cuando una persona acababa su etapa productiva dejaba de ser útil para la sociedad. Sin embargo, los mayores de hoy son conscientes de que jubilarse del trabajo no es despedirse de la vida. En vez de quedarse aparcados en un rincón, se preocupan por mantenerse en forma, quieren aprender cosas nuevas y participan de forma activa en su entorno más cercano.

El sociólogo Santiago Cambero explica este fenómeno: “Está apareciendo un nuevo perfil de persona mayor totalmente integrada en la sociedad actual que sigue contribuyendo en favor del bienestar general”. Cambero destaca el papel de los abuelos canguro. “Si se pudiera cuantificar económicamente lo que el Estado del Bienestar y los poderes y administraciones públicas se están ahorrando en cuanto a los cuidados que los abuelos y abuelas están ofreciendo a sus nietos, serían millones de euros”.

La drástica modificación de la estructura demográfica en Occidente es la responsable de estos cambios. Europa envejece a gran velocidad y, dentro de ella, España es uno de los países que mejor ejemplifican esta transformación. Si a principios del siglo XX la esperanza de vida no llegaba a los 35, hoy supera los 80. Frente a ello, el número de nacimientos ha caído de forma considerable.

Los responsables de esta situación son los avances médicos y farmacológicos y la mejor calidad de vida experimentada por la población. Dos aspectos positivos que, en vez de interpretarse como conquistas han dado pie a lanzar pronósticos agoreros y a hablar de la decadencia de Occidente.

Sin embargo, algunos expertos comienzan a ver esta nueva realidad como la oportunidad de equilibrar la estructura social e infundir nuevos aires al sistema productivo occidental si se encauza de forma adecuada.

El reciente artículo de Julio Pérez Díaz, sociólogo y demógrafo del CSIC apunta en esta dirección. “El envejecimiento demográfico guarda una correlación casi perfecta con los niveles de riqueza y bienestar internacionales, y no con la pobreza”, afirma. Esto se debe a la mayor eficacia del sistema. Por primera vez en la historia es posible disminuir la fecundidad, ya que los avances sanitarios permiten que los hijos sobrevivan hasta edades fértiles. Las mujeres pueden desarrollar una vida profesional, al margen de la familiar, ya que el cuidado de los hijos ya no es su ocupación principal. Además, se ha ampliado de forma considerable el tiempo que las personas pueden ser productivas. Sin embargo, el principal problema del envejecimiento de la población es que el número de personas en edad laboral se reduce. En consecuencia, el número de pensionistas aumenta y eso supone un mayor gasto social.

Para que el envejecimiento de la población tenga una repercusión positiva a nivel económico y social es necesario que se produzcan algunos cambios en el sistema laboral, encaminados a beneficiarse por más tiempo de los talentos de los más mayores. Así lo manifiesta el último informe de la European Science Foundation, que apunta a la necesidad de estudiar las modificaciones que deben introducirse en el sistema sanitario, las pensiones y la edad de jubilación.

Según los expertos, la edad biológica ya no es significativa a la hora de clasificar a los mayores. Hay gente que disfruta de sus plenas cualidades físicas y mentales entre los 65 y los 85 años y que puede ser un eslabón importante en la sociedad. Nadie ha tenido que explicarle esto a los mayores. Para ellos envejecer no es sinónimo de caducar. Es una etapa más de la vida para la que nadie está preparado pero que hay que asumir e intentar encauzar de forma positiva.

Mantenerse activos asegura que continúen integrados en la sociedad, que tengan una vida más saludable y satisfactoria a nivel personal. Como afirmó la doctora Marie Beynon Ray: “Nadie envejece por vivir, sino por perder interés en vivir”.

Opinión y Noticias.com (Venezuela)