lunes, 7 de marzo de 2011

Los niños de la guerra

Han cambiado sus muñecos por un kalashnikov y se han convertido en los “soldaditos de plomo” con los que otros “juegan” a la guerra. Son los niños soldado, una más de las caras oscuras de la guerra y la mayor de las vergüenzas de la comunidad internacional. Más de 300.000 menores participan en conflictos armados en 86 países repartidos por los cinco continentes, según Amnistía Internacional.
Diversas organizaciones no gubernamentales como Entreculturas, Save de Children, Servicio Jesuita a Refugiados o Fundación el Compromiso han hecho un comunicado en el que piden que los Estados ratifiquen el Protocolo Facultativo de la Convención de los Derechos del Niño. De este modo se unen a la campaña de las Naciones Unidas “Nadie menor de 18 años/ Zero under 18”, que exige un compromiso firme de los países para que ninguna persona menor de 18 años pueda ser reclutada en las Fuerzas Armadas o grupos armados no gubernamentales. Un total de 134 países lo han ratificado, pero 24 no lo han firmado y 35 no lo aceptan.
Miles de menores han sido desmilitarizados en Afganistán, Burundi o Costa de Marfil gracias a programas de reinserción y desmovilización, pero otros conflictos han estallado o se han intensificado y dado origen a nuevos reclutamientos para grupos gubernamentales o insurgentes. Irak, El Chad, Somalia o Sudán son solo algunos lugares en los que se captan niños para fines bélicos.
Los menores son los perfectos soldados. Da igual si son recultados por la fuerza o de forma voluntaria. Una vez preparados para la guerra, no temen a nada. No protestan, son piezas reemplazables con facilidad y fanáticos cuando se sienten integrados en el grupo. Pronto se convierten en chicos para todo: acarrean el agua, llevan mensajes o espían al bando contrario. También son los “héroes” accidentales de misiones suicidas. Sin ser conscientes de que peligra su vida, buscan minas antipersona, se convierten en señuelos, colocan explosivos y, si se precisa, disparan sus pistolas y armas automáticas.
“Te dan un arma y te obligan a matar a tu mejor amigo. Lo hacen para ver si pueden confiar en ti. Si no lo matas, le ordenan a él que te mate a ti. Tuve que hacerlo, porque de lo contrario me habrían matado a mí”, cuenta un adolescente de 17 años que con solo 7 se unió a un grupo paramilitar colombiano.
Aparte de las secuelas físicas que acarrea la participación en conflictos, los menores sufren graves consecuencias a nivel emocional. Unos son víctimas de abusos sexuales, otros son testigos mudos de asesinato y violaciones. Muchos participan en matanzas y la mayor parte padece importantes trastornos psicológicos.
La reitegración y reinserción de estos niños no es fácil, ya que muchos son drogados para anestesiar el terror y tienen miedo de no ser aceptados por su comunidad, que fue testigo de todas sus atrocidades.
Dora Akol, directora de World Vision, organización dedicada a asistir psicológicamente a quienes fueron niños soldados, explica: “Algunos de ellos ya no pueden controlar sus agresiones, incluso aunque ellos mismos sufran con aquello en lo que se han convertido. E incluso cuando las familias de estos niños desean volver a acogerlos, conviven con ellos con miedo”.
El drama de los niños soldados no es exclusivo de los países empobrecidos. Amnistía Internacional denuncia que, aunque en Europa y Estados Unidos los menores no participen en las guerras, se les adiestra en campos de reclutamiento para menores de edad. El Reino Unido permite que adolescentes se unan de modo voluntario a sus fuerzas armada a los 16 años y que entren en combate a los 17. En EE UU, el Pentágono recluta niños de hasta catorce años en las escuelas. Aunque su formación dista de la que se imparte en los países empobrecidos, la finalidad es la misma: prepararles para matar.
El reclutamiento de menores es un crimen de guerra y está en contra de la declaración de los Derechos del Niño. En cualquier situación, los menores deben ser los primeros que reciban protección y socorro, y debe apartárseles de toda forma de crueldad y explotación. Un mundo que envía a sus niños a la guerra se condena a su propia autodestrucción.

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viernes, 18 de febrero de 2011

Su futuro está en la educación

El mundo árabe verá frustradas sus expectativas de cambio si los nuevos Gobiernos no renuevan sus sistemas educativos. De eso depende lograr que despeguen sus economías y conseguir una mayor justicia social.

El 68% de los árabes tiene menos de 30 años. Uno de cada tres no tiene trabajo, ni estudios, ni vivienda. Durante décadas, han aguardado con paciencia que se produjeran cambios que les permitiesen mejorar su calidad de vida. Hoy, la denominada “generación que espera” ha puesto fin a décadas de inmovilismo y ha conseguido lo que parecía imposible: derrocar de forma pacífica a los dictadores de Túnez y de Egipto y sembrar la semilla de la rebelión contra la tiranía y la injusticia social. Ahora queda en sus manos una tarea titánica: asegurar el ejercicio de la democracia y sanear la economía de sus países. Para ello es fundamental reconstruir los cimientos, renovar el sistema educativo y asegurar una enseñanza universal y de calidad orientada a las exigencias del mercado laboral.
Las cifras de alfabetización en el mundo árabe hoy son mejores que en décadas anteriores, pero todavía hay un abismo si se comparan con las de los países ricos. Uno de cada tres hombres y una de cada dos mujeres son analfabetos. El libro Generation in Waiting, publicado por Brookings Institution, explica que las antiguas generaciones de jóvenes se beneficiaron de la educación gratis, garantías laborales en el sector público, fuertes subsidios estatales y ayuda social. Pero el aumento demográfico ha mostrado la insuficiencia de las instituciones y afectado a aquellos que nacieron después de 1980.
Más de 100 millones de jóvenes de la región MENA (norte de África y Oriente Próximo), es decir, la mitad de la población activa, tienen entre 15 y 29 años. Según Tomás Jiménez Araya, economista y consultor del Fondo de las Naciones Unidas para la Población, este “bono demográfico” en edades de máxima productividad puede incrementar las tasas de ahorro e impulsar un mayor crecimiento económico per cápita si cuenta con un entorno político e institucional adecuado. Sin embargo, la mayoría de los países árabes está perdiendo esta gran ocasión histórica. “El potencial transformador de esta plétora juvenil no se está aprovechando adecuadamente y, lo que es aún más grave, la juventud árabe es en gran parte una población socialmente excluida de ámbitos como la educación, el empleo y la vivienda, lo que dificulta y dilata su inserción productiva y social”, explica Jiménez Araya.
Los expertos consideran que para lograr el máximo potencial de la juventud es necesario transformar todo el sistema. Hay que replantear tanto las políticas de admisión en el sistema de educación, como las prácticas de contratación del sector público.
Nader Fergany, director del Almishkat Centre for Research de El Cairo, explica que, a pesar de los logros alcanzados, el sistema educativo sigue siendo ineficiente por varios factores. Las tasas de matriculaciones son muy bajas porque la educación primaria no se considera importante y existe un grado alto de absentismo en la secundaria -15 millones en las estadísticas de la Liga Árabe-. No se facilita el acceso a una educación permanente y se excluye a parte de la población (niñas, pobres y marginados) de la educación superior. La alfabetización femenina es todavía muy baja, aunque son ellas las que obtienen niveles educativos más altos. Según el informe Arab Human Development Report, a principios del siglo XXI había al menos 70 millones de árabes analfabetos, la mayoría de los cuales eran mujeres.
En el fondo del problema están los convencionalismos que impiden acceder a la mujer a puestos de trabajo y la falta de concienciación en la sociedad de la importancia de la educación. Muchas familias no entienden que la formación puede cambiar la vida de sus hijos y no les animan a asistir a la escuela.
Sin embargo, la historia ha demostrado que invertir educación asegura el bienestar de la sociedad. El milagro económico de Japón y de Alemania se debió a que, durante más de cuarenta años, no se invirtieron en armamento y dedicaron gran parte de los recursos a investigación, tecnología, desarrollo, educación, y sanidad.
Los jóvenes árabes no pueden ni quieren esperar más. Los nuevos gobiernos deberán invertir más y mejor en educación, promover la ciencia y la investigación, fomentar la globalización tecnológica y abrir sus mercados al exterior. Las futuras generaciones dependen de ello.

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Los trapos sucios de Occidente

La venta de armas, el comercio de sustancias tóxicas o la explotación de los recursos de tierras ajenas son algunos de los métodos que emplean los países “desarrollados” para enriquecerse. No importan los medios, sino el fin. Occidente, cauto y silencioso con sus trapos sucios, tira por tierra sus propias reivindicaciones en pro de los derechos humanos, la justicia social o la preservación del medio ambiente.

El reciente informe de Amnistía Internacional e Intermón Oxfam, "Armas bajo control", pone en entredicho el interés del gobierno español por lograr la paz mundial. El comercio con material armamentístico no se ha visto menguado con la crisis y desde 2000 experimenta un crecimiento sostenido. Durante el último año se han duplicado las ventas de armas, que en muchos casos se dirigen a países que violan de forma sistemática los derechos humanos. Tal es el caso de Marruecos, que invirtió cuatro millones de euros en la compra de material armamentístico; o de Turquía, que encabezó el gasto, con casi cuarenta. En 2011, España espera cerrar la venta de 200 carros de combate Leopord con Arabia Saudí. Un negocio redondo que reportará beneficios cercanos a los 3.000 millones de euros. El gobierno viola así su propia legislación, que limita la venta de armas a países o territorios donde existen conflictos.

EE UU, primer vendedor de armas en el mundo, tampoco oculta esta doble moral. El gobierno de Obama, premio Nobel de la Paz en 2009, no ha cambiado ni un ápice la política de su criticado predecesor, George Bush. Mientras alecciona al mundo con teorías sobre el valor de la democracia y la defensa de los derechos humanos, el gobierno estadounidense vende armas a Oriente Medio y hace malabarismos para mantener a raya a Irán y que su eterno aliado, Israel, se asegure con el terror su dominio en la zona. Países como Francia o Reino Unido, discutibles protectores de la justicia mundial, miran para otro lado mientras se llenan los bolsillos con el dinero procedente de la venta de armamento.

Otros atentados contra la humanidad no son tan sonados. Hace unas semanas la publicación The Lancet dio a conocer que Canadá comercializa amianto en Asia. Este mineral, el asbesto, fue considerado milagroso a mediados del siglo XX por sus propiedades aislantes, mecánicas, químicas y de resistencia al calor y al fuego. Sin embargo, el amianto tiene una cara oscura: la exposición a productos que contienen este mineral provoca, entre otras patologías, cáncer con una elevada mortalidad. Según la OMS, es la primera causa de muerte laboral en el mundo. Desde la década de los 90, los países ricos han prohibido de forma progresiva su uso. Canadá, que fue uno de los primeros en tomar esta medida en su territorio, exporta alrededor de 150.000 toneladas al año a India, Indonesia o Filipinas, donde no existe regulación al respecto.

Occidente, se indigna cuando un petrolero vierte fuel-oil en sus costas, cuando un huracán asola sus ciudades o cuando muere un blanco por una causa negra. Sin embargo, calla cuando los dramas y las pérdidas se producen lejos de sus propias fronteras. No le urge llegar a un acuerdo firme para luchar contra el calentamiento global ocasionado por su desmesurado consumo. Al contrario, compra CO2, siembra trigo en campos ajenos para producir combustible, esquilma los caladeros de otros pueblos y emplea como vertederos a los países empobrecidos. Así lo revela un reportaje de investigación de Televisión Española. Las televisiones, móviles o portátiles que ya no nos sirven y que en teoría debemos llevar a un punto limpio para su reciclaje, terminan en África como productos de segunda mano. En el 80% de los casos son inservibles, pero con esta trampa las empresas se saltan el tratado internacional que prohíbe enviar residuos electrónicos a países empobrecidos.

En definitiva, todo vale para engrandecer la riqueza de los opulentos, aunque para ello haya que explotar a otros. Eso sí, que no se entere el pueblo. Porque Occidente es un terrorista con guante blanco, que esconde sus bajezas bajo su máscara de humanidad.