domingo, 25 de abril de 2010

El negocio de la salud

La malaria, la tuberculosis, el sida infantil o la enfermedad de Chagas son patologías para las que existen tratamientos. Sin embargo, cerca de 8.000 personas mueren al día por falta de atención sanitaria y por no poder acceder a los medicamentos que podrían curarles.
A través de la exposición fotográfica itinerante Voces contra el olvido, Médicos Sin Fronteras denuncia en estos días la falta de voluntad política y de investigación farmacéutica para erradicar estas patologías. Son las grandes olvidadas de la industria de los medicamentos, para la que la salud se ha convertido en una mercancía que genera importantes ganancias, pero sólo cuando se orienta a sus potenciales compradores, los países ricos.
Según la OMS, diez millones de niños mueren al año en los países empobrecidos a consecuencia de enfermedades curables. Mientras, la industria farmacéutica vuelve la cara. Las grandes transnacionales, que controlan el 85% de la producción mundial de fármacos, impiden a través de las patentes y las leyes de propiedad intelectual que durante años se puedan producir y comercializar productos genéricos, más baratos. Cuando el tiempo de protección de la patente finaliza, la empresa inventora debe hacer públicas las pesquisas para que otros laboratorios puedan fabricar los fármacos. Sin embargo, evaden dicha obligación alegando la necesidad de emprender nuevas investigaciones para mejorar sus productos y servir a la humanidad.
La realidad es que las compañías farmacéuticas están más preocupadas por tener un balance positivo a final de año que por salvar vidas. El 90% del presupuesto que dedican a la investigación y al desarrollo de nuevos fármacos, se concentra sólo en el 10% de la población mundial y se orienta a paliar los síntomas de las patologías y no a erradicar las causas. Y esto en el mejor de los casos, ya que los mayores ingresos los obtienen con la venta de drogas parareducir el peso corporal, dominar el estrés o acabar con la calvicie, es decir, para la gente sana de los países ricos.
Desde hace años, médicos de todo el mundo denuncian la falta de ética de las grandes empresas, que no tratan de curar enfermedades, sino de lucrarse con la comercialización de medicamentos, con los que se generan patologías crónicas, y con la amenaza de epidemias mortíferas. Al respecto, cabe recordar el pánico generado a escala mundial el año pasado por estas mismas fechas a consecuencia de la detección del virus H1N1, causante de la conocida como gripe A, que resultó ser menos mortífera que la gripe estacional. Un negocio redondo para la industria farmacéutica, que vendió millones de dosis de una vacuna que se ha demostrado innecesaria.
El polémico doctor Matthias Rath, que se autoproclama como el descubridor de la verdadera causa de las enfermedades cardiovasculares y de otras patologias crónicas, es uno de los mayores detractores de la actividad de las grandes transnacionales del medicamento. “El Mayor obstáculo para mejorar la salud de los seres humanos es la propia industria farmacéutica como negocio de inversión motivado por la expansión de las enfermedades”, afirma. Según él, patologías tan comunes como las enfermedades coronarias, los infartos de miocardio, la hipertensión arterial, el cáncer o el sida, podrían haberse prevenido o erradicado mediante el uso de tratamientos alternativos que optimizan el metabolismo celular.
Matthías Rath cuestiona también la comercialización de grupos de fármacos con conocidos efectos secundarios, nocivos para la salud, con los que se generan nuevas enfermedades. Medicamentos tan conocidos como la aspirina (que produce úlceras intestinales y hemorrágia gastrointestinal), los antiinflamatorios (que destruyen el tejido conjuntivo) o los fármacos para reducir el colesterol (que en las dosis actuales provocan cáncer), se comercializan masivamente en nuestras sociedades “avanzadas”, que son las que se pueden permitir pagarlos.
La salud, al igual que la alimentación o la educación es un derecho fundamental de todo se humano, por encima de su raza, religión o posición social, y por ello se ha declarado como un objetivo del milenio. Es hora de plantear acciones y estrategias de modo global para erradicar las enfermedades del olvido y mejorar la calidad de vida de los países empobrecidos. Ante la muerte masiva de millones de personas por la codicia de unos pocos, no vale mirar a otro lado.

lunes, 19 de abril de 2010

Sudáfrica, paradigma del perdón

14/04/10

Cañizal Sardón, Sara

La muerte del dirigente ultraconservador y defensor de la supremacía blanca en Sudáfrica, Eugène Terreblanche, a manos de dos trabajadores negros, ha hecho temer que se reavive la tensión racial en el país. Pocos han caído en la cuenta de que, del mismo modo que existen infinitos ejemplos de sonadas meteduras de pata de la humanidad, por suerte también hay grandes paradigmas de sus aciertos. Y Sudáfrica es uno de ellos.
Desde que en 1991 se erradicase el apartheid, Sudáfrica ha sido un modelo de la integración racial entre blancos y negros y paradigma de cómo se puede resolver un conflicto armado de modo pacífico. Lejos han quedado aquellos tiempos en los que los negros y los blancos no podían viajar en los mismos autobuses, residir en las mismas zonas, pasear por las mismas playas u optar a los mismos trabajos. Hoy, en Sudáfrica, el tema del color de la piel se ha convertido en algo irrelevante a la hora de alcanzar las metas personales. Pero lo más sorprendente es que, como cuenta John Carlin, periodista y escritor que vivió seis años en Sudáfrica, a pesar de los desmanes cometidos por los blancos, no existe racismo entre los negros.

Si bien hace un par de años el asesinato de Terreblanch hubiese pasado desapercibido, no es de extrañar que ahora haya levantado tal revuelo. Como siempre tiene que aparecer alguna oveja negra en el rebaño, hace semanas, el presidente de las juventudes del Congreso Nacional Africano (ANC), Julius Malema, en un acto de insensatez suprema, recuperó una canción según él tradicional, sin repercusión o interpretación literal, que llama a “matar al boer”, es decir, al terrateniente blanco. Sus afirmaciones no pudieron ser más desafortunadas. La oposición consideró que con dicha canción se instaba a la violencia racial y hace un par de semanas los tribunales la prohibieron por anticonstitucional.

Haya tenido o no que ver el asesinato de Terreblanche con la canción, lo cierto es que ha levantado ampollas entre la población blanca más extremista y siempre a punto para sumarse al carro de la confrontación. El diario El País informa de que nada más conocerse la noticia en Ventersdorp, la localidad donde residía Terreblanche, comenzó a circular un coche con el cartel “Odio a los negros” y desde el partido Movimiento de Resistencia Afrikaner empezó a caldearse el ambiente. Su secretario, André Visagie recordó los 3.000 asesinatos de agricultores blancos desde el fin del apartheid, hizo una declaración de guerra, llamó a los agricultores blancos a armarse y prometió vengar la muerte de su líder.

Entre los sectores más alarmistas, la Sudáfrica de Mandela, que puso fin a la segregación racial con un llamamiento a la sensatez y a los sentimientos más nobles de los ciudadanos, estaba en peligro. La situación era alarmante y, por ello, el presidente del Gobierno, Jacob Zuma, hizo una inusual declaración en la televisión con la que intentó aplacar los ánimos de los ciudadanos.

Más valdría, en cambio, que se preocupase de parar los pies al mediático Julius Malema, que encarna justo lo que Terreblanche buscaba impedir: el enriquecimiento y el ascenso político de los negros. Si en la actualidad sus afirmaciones racistas y sus provocaciones violentas obtienen el rechazo de la inmensa mayoría de la población sudafricana, lo cierto es que si llegase a consolidarse su ideario no tendrían nada de descabellados aquellos pronósticos pesimistas y agoreros en Sudáfrica.

Malema y Terreblanche. Sudáfrica tiene dos buenos ejemplos de lo que debe erradicar si no quiere repetir su propia historia: los grupos minoritarios y extremistas que promueven el odio racial, que fomentan la violencia y que pretenden “exhumar” a los muertos enterrados hace décadas bajo el signo del perdón. Sudáfrica no tiene que buscar lejos, sino seguir el reflejo de sí misma. Hoy en día es el modelo en el que deberían mirarse un buen número de naciones.

Hipocresía clerical

06/04/10

Recientemente The New York Times ha informado de que mientras Ratzinger era obispo de Munich podría haber permitido la vuelta a la actividad pastoral de un sacerdote tras finalizar un tratamiento para superar su pedofilia.

Las especulaciones del diario no han podido ser demostradas pero, más allá de la veracidad de los hechos, se pone de manifiesto el modo de proceder habitual de la Iglesia: correr un tupido velo sobre lo que le interesa ocultar. Luego, si el asunto sale a la luz, ya se encontrará algo para desviar la atención.

Cientos de niños fueron sometidos a abusos sexuales mientras la institución que pretende erigirse como autoridad moral de la humanidad miraba para otro lado. De nada han servido todas las medidas que el Derecho Canónico promueve desde 1917 y que fueron actualizadas por Juan Pablo II en 1983. Tampoco parece que los escándalos acontecidos en EE UU hayan tenido ninguna repercusión real entre el clero, que procuró siempre acallar las críticas mediante la ocultación de los “religiosos” pecadores.

Ahora, cuando los fieles de las cada vez más vacías iglesias se llevan las manos a la cabeza, Benedicto XVI calla de nuevo y la jerarquía católica habla de otra cosa: de la existencia de un “temporal antieclesial y anticlerical” y de una campaña de desprestigio para “manchar al Papa”.

El Domingo de Resurrección, el cardenal Ángelo Sodano se saltó el protocolo que llevaba inalterable más de dos mil años y salió en defensa del Papa en la plaza de San Pedro. Le recordó que no está solo y que los fieles “no se dejan impresionar por las murmuraciones del momento”. Lo que parece ser, más bien, una manifestación pública de sus deseos como maquinaria empresarial.

No queda muy clara cuál será la reacción de los católicos, aunque parece observarse cierto hastío ante tanta hipocresía y una incipiente reacción contra las opiniones vertidas por el estamento que, a pesar de su voto de castidad, ha emprendido una auténtica cruzada contra el preservativo y los matrimonios homosexuales y que ahora intenta pasar por faltas leves los pecados de sus sacerdotes pedófilos.

Si la iglesia pretende llenar de nuevo sus iglesias de fieles, debería manifestar su clara voluntad de esclarecer los hechos y de colaborar con la justicia terrenal. La divina en estos casos, se ha mostrado insuficiente.

DETENCIONES ILEGALES

DETENCIONES ILEGALES
25/03/2010

Sara Cañizal Sardón

Desde hace meses, diversos colectivos de inmigrantes y el propio Sindicato Unificado de la Policía están denunciando las redadas masivas e injustificadas de extranjeros promovidas por una circular de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras. El Ministerio de Interior, en el que ahora impera la ley del silencio, afirmó desconocer la existencia de dicho documento, y defiende estas actuaciones que no se “separan ni un milímetro” de la normativa de extranjería y están avaladas por la Ley de Seguridad Ciudadana.

Sin embargo, la legalidad de dicha circular se pone en entredicho tras conocerse que varios policías han sido expulsados del cuerpo por practicar detenciones ilegales al cumplir las órdenes de sus superiores.

El Gobierno vuelve a dar muestras de su hipócrita política social, que cambia al compás de los tiempos. Tras regularizar la situacion de miles de inmigrantes en 2004, ahora que los puestos de trabajo escasean, que la inmigración no contribuye al crecimiento económico y que las cifras del paro continúan aumentando, los extranjeros se han convertido en un problema al que hay que dar una solución. Tras endurecer la Ley de Extranjería y lanzar el “Plan de Retorno Voluntario”, el Gobierno aboga por saltarse la legislación vigente y defiende prácticas anticonstitucionales en contra de los Derechos humanos.

Resulta ahora cuando menos irónico recordar que algunos colectivos inmigrantes propusieron a José Luis Rodríguez Zapatero como aspirante al Nobel de la Paz 2008 por su carácter humanista y defensor de los derechos de los ciudadanos. Convendría ahora que el Presidente del Gobierno repasase las afirmaciones que realizó por aquel entonces. “Los inmigrantes contribuyen a nuestra riqueza económica, social y cultural, además de jugar un papel fundamental en la sostenibilidad del modelo social y del sistema de pensiones”, afirmó.

Que el Gobierno que presume de su excelente política social defienda actitudes xenófobas es, cuando menos, alarmante y puede impusar una respuesta racista en la sociedad. La expulsión de los extranjeros no es la solución a la crisis, sino un modo de desviar la atención de una inadecuada política económica y de buscar la aprobación de los españoles con fines electorales. Más valdría que el Gobieno dedicase todas sus fuerzas a solucionar los problemas reales, en lugar de crear otros nuevos.