miércoles, 9 de febrero de 2011

Los trapos sucios de Occidente

La venta de armas, el comercio de sustancias tóxicas o la explotación de los recursos de tierras ajenas son algunos de los métodos que emplean los países “desarrollados” para enriquecerse. No importan los medios, sino el fin. Occidente, cauto y silencioso con sus trapos sucios, tira por tierra sus propias reivindicaciones en pro de los derechos humanos, la justicia social o la preservación del medio ambiente.

El reciente informe de Amnistía Internacional e Intermón Oxfam, "Armas bajo control", pone en entredicho el interés del gobierno español por lograr la paz mundial. El comercio con material armamentístico no se ha visto menguado con la crisis y desde 2000 experimenta un crecimiento sostenido. Durante el último año se han duplicado las ventas de armas, que en muchos casos se dirigen a países que violan de forma sistemática los derechos humanos. Tal es el caso de Marruecos, que invirtió cuatro millones de euros en la compra de material armamentístico; o de Turquía, que encabezó el gasto, con casi cuarenta. En 2011, España espera cerrar la venta de 200 carros de combate Leopord con Arabia Saudí. Un negocio redondo que reportará beneficios cercanos a los 3.000 millones de euros. El gobierno viola así su propia legislación, que limita la venta de armas a países o territorios donde existen conflictos.

EE UU, primer vendedor de armas en el mundo, tampoco oculta esta doble moral. El gobierno de Obama, premio Nobel de la Paz en 2009, no ha cambiado ni un ápice la política de su criticado predecesor, George Bush. Mientras alecciona al mundo con teorías sobre el valor de la democracia y la defensa de los derechos humanos, el gobierno estadounidense vende armas a Oriente Medio y hace malabarismos para mantener a raya a Irán y que su eterno aliado, Israel, se asegure con el terror su dominio en la zona. Países como Francia o Reino Unido, discutibles protectores de la justicia mundial, miran para otro lado mientras se llenan los bolsillos con el dinero procedente de la venta de armamento.

Otros atentados contra la humanidad no son tan sonados. Hace unas semanas la publicación The Lancet dio a conocer que Canadá comercializa amianto en Asia. Este mineral, el asbesto, fue considerado milagroso a mediados del siglo XX por sus propiedades aislantes, mecánicas, químicas y de resistencia al calor y al fuego. Sin embargo, el amianto tiene una cara oscura: la exposición a productos que contienen este mineral provoca, entre otras patologías, cáncer con una elevada mortalidad. Según la OMS, es la primera causa de muerte laboral en el mundo. Desde la década de los 90, los países ricos han prohibido de forma progresiva su uso. Canadá, que fue uno de los primeros en tomar esta medida en su territorio, exporta alrededor de 150.000 toneladas al año a India, Indonesia o Filipinas, donde no existe regulación al respecto.

Occidente, se indigna cuando un petrolero vierte fuel-oil en sus costas, cuando un huracán asola sus ciudades o cuando muere un blanco por una causa negra. Sin embargo, calla cuando los dramas y las pérdidas se producen lejos de sus propias fronteras. No le urge llegar a un acuerdo firme para luchar contra el calentamiento global ocasionado por su desmesurado consumo. Al contrario, compra CO2, siembra trigo en campos ajenos para producir combustible, esquilma los caladeros de otros pueblos y emplea como vertederos a los países empobrecidos. Así lo revela un reportaje de investigación de Televisión Española. Las televisiones, móviles o portátiles que ya no nos sirven y que en teoría debemos llevar a un punto limpio para su reciclaje, terminan en África como productos de segunda mano. En el 80% de los casos son inservibles, pero con esta trampa las empresas se saltan el tratado internacional que prohíbe enviar residuos electrónicos a países empobrecidos.

En definitiva, todo vale para engrandecer la riqueza de los opulentos, aunque para ello haya que explotar a otros. Eso sí, que no se entere el pueblo. Porque Occidente es un terrorista con guante blanco, que esconde sus bajezas bajo su máscara de humanidad.

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