lunes, 9 de noviembre de 2009

Lorca, símbolo de la reconciliación española

El comienzo de las labores de exhumación del cadáver de Federico García Lorca ha desatado la polémica a nivel internacional. Tras treinta años vanagloriándonos acerca de la ejemplar transición democrática española, el mundo observa atónito cómo gobierno y oposición utilizan a los muertos de su Guerra Civil como instrumento demagógico.

Lorca es sin duda el poeta de mayor fama y repercusión de la literatura española del siglo XX y un símbolo de las víctimas de la Guerra Civil española por haber sido ejecutado a causa de su afinidad con el Frente Popular y su condición homosexual. La negativa de su familia a que se exhumen e identifiquen sus restos provocó un gran revuelo, por la relevancia internacional del escritor. Tanto es así que Ian Gibson, el hispanista irlandés biógrafo de García Lorca, ha comentado que España no podrá avanzar con confianza hasta que no resuelva el capítulo de la muerte del poeta y afirmado con contundencia que Lorca puede ser el símbolo de la reconciliación de la Guerra Civil.

En España, como en tantos otros sitios, no ha dado resultado correr un tupido velo sobre el terror. La ley 46/1977 de Amnistía, por la que se condonaban todas las faltas y delitos con intencionalidad política realizados con anterioridad a 1977, logró inicialmente su cometido: que se pudiese avanzar firmemente hacia la democracia. Como explicó José María Benegas, abogado militante del PSOE, con esta norma los vencidos y perseguidos durante el régimen franquista renunciaban a revisar el pasado y a exigir las responsabilidades generadas durante cuarenta años de dictadura.

Sin embargo, pasadas ya más de tres décadas desde la muerte de Franco, si queremos ser consecuentes con nuestra historia y justos con nuestras gentes, es necesario recordar el mensaje del escritor y ensayista argentino Ernesto Sábato al presentar sus conclusiones como presidente de la Comisión de la Verdad en Argentina: es preferible la paz a la justicia, pero no es posible la paz sin justicia.

Lo cierto es que la reconciliación forzosa a la que se llegó en el Estado español, no consiguió cerrar las heridas. Y con razón, ya que la ley de amnistía española supone una violación grave de los derechos humanos. Como se subrayó en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 1985, toda sociedad tiene el irrenunciable derecho de conocer la verdad de lo ocurrido, las razones y circunstancias en las que aberrantes delitos llegaron a cometerse, a fin de evitar que esos hechos vuelvan a ocurrir en el futuro.

A los únicos a los que no les interesa que se sepa la verdad y que se haga justicia es a los violadores de los derechos humanos. Como si el fantasma de la dictadura fuese a levantarse de un día para otro, afirman la conveniencia de no remover el pasado, de dejar las cosas como están, de no abrir nuevamente las heridas. Pero, ¿acaso esas heridas están cerradas?.

España se debate en su propia contradicción y, paradójicamente, cuando se trata de otros estados, aplica la ley con mano firme. Recordemos si no los procesos de la Audiencia Nacional contra Pinochet y militares argentinos, opuestos a las leyes de amnistía y obediencia de los propios países.

Hasta 2007, entidades privadas como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y el Foro por la Memoria habían sido las encargadas de honrar y recuperar la memoria de las víctimas del franquismo. Sin embargo, los deseos de las familias por hacer justicia chocaban siempre con la legislación existente. La Ley de la Memoria Histórica supone el primer paso para que se haga justicia con todos aquellos que padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura y marca la decisión de esta nación a ser consecuente con las normas internacionales.

Aunque aún hay más de 130.000 personas enterradas en fosas comunes y cunetas, ha sido el desenterramiento de los restos del poeta de la Generación del 27 lo que ha puesto sobre la mesa la conveniencia de devolver los muertos a sus familias, para poder cerrar firmemente las heridas y pasar página de forma definitiva.

Sara Cañizal Sardón

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