Pilar es una científica valenciana que ha descubierto el remedio para luchar contra el mal de Chagas, una enfermedad mortal que amenaza a 100 millones de personas en América Latina. En vez de explotar su patente, decide ser ella misma quien dirija los proyectos de erradicación de esta dolencia. Para ello, tendrá que sumergirse en las zonas más pobres de Bolivia, México y Argentina, luchar contra el recelo de los poderosos y el miedo y la ignorancia de los débiles. Este es el argumento del nuevo libro de la periodista y dramaturga Charo González Casas, El vampiro de los pobres, un relato que nada tiene de ficción. Su heroína es de carne y hueso y la enfermedad una triste realidad en América del Sur.
Pilar Mateo, Doctora en Ciencias Químicas por el CSIC, es hija de un fabricante de pinturas y barnices. Su actividad profesional e investigadora se inició vinculada a la empresa familiar, en la que creó un laboratorio de I+D, donde investigaba sistemas anticorrosivos e ignífugos aplicados a pinturas. La noticia del cierre de un hospital por la presencia de insectos en las paredes del quirófano marcó un punto de inflexión en su trayectoria profesional, que a partir de entonces daría un giro y se orientaría a la investigación de pinturas contra insectos en los países desarrollados. La enfermedad de Chagas (Tripanosomiasis americana) se cruzó con ella por casualidad, cuando, en 1995, un médico boliviano le pidió ayuda para combatir la dolencia que asolaba a su población. Desde entonces, combate esta patología, que afecta a entre 18 y 25 millones de personas en América Latina y provoca hasta 45.000 muertes anuales.
El mal de Chagas es una enfermedad tropical que se contrae a consecuencia de la picadura y deyección de un chinche, la vinchuca, infectado con el parásito Tripanosoma Cruzi. Una vez en la sangre, el parásito se reproduce en órganos vitales como el páncreas, el hígado y el corazón y provoca cardiopatías, embolias o infartos años más tarde. El sistema inmunitario no puede luchar contra este parásito y, a falta de vacunas, medicamentos o fumigaciones efectivos, la solución es controlar al transmisor de esta enfermedad.
Hace ya más de una década, Pilar Mateo desarrolló una pintura, Inesfly 5A Igr, que contiene un inhibidor de quitina -componente presente en el esqueleto de la vinchuca- que impide que este chinche crezca y se reproduzca. Para acabar con la enfermedad de Chagas, lo único que hay que hacer es pintar las casas afectadas con esta fórmula. Así lo hizo Pilar. Una vez comprobada la eficacia de su descubrimiento, la doctora colgó su bata de investigadora y se entregó de lleno a su causa. Pero, a pesar de su determinación y de la existencia de un remedio efectivo, el mal de Chagas continúa propagándose.
La pobreza y la falta de higiene son sus principales aliados. La vinchuca anida y se reproduce en las casas con paredes de grumos de barro y llenas de grietas. La pintura funciona, pero no basta. Se debe complementar con la educación. “Hay que mostrar a la gente a tener las casas limpias; a distinguir una vinchuca, que se puede considerar un transporte pasivo, de una colonia, ante la que hay que realizar un tratamiento como hacemos aquí. La ignorancia es la enfermedad mayor que tienen las zonas pobres”, afirma la doctora.
Eso y los intereses económicos: “Los laboratorios farmacéuticos no van a investigar con algo que no es rentable, porque no hay una demanda”, denuncia la doctora. "La ciencia ha de estar al servicio de los demás. Los científicos no sólo tenemos que publicar, sino denunciar lo que vemos, y movilizarnos con ellos para participar en el desarrollo”.
Pilar Mateo lamenta este genocidio consentido, que no es sino una triste paradoja. “Se ve, se sabe dónde está, pero se mira muchas veces a otro lado, o se falsean los datos porque molesta”. Comprometida con su causa hasta el final, Pilar Mateo, “la científica que se volvió indígena”, no ceja en su empeño y busca alternativas. Los beneficios obtenidos por la venta del libro que retrata su lucha contra esta enfermedad, serán destinados a la ayuda del pueblo Guaraní boliviano.
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