Según los sindicatos, en los últimos cinco años, los agricultores y ganaderos españoles han visto cómo los costes de la producción se incrementaban en un 34 por ciento, mientras sus ingresos descendían en un 26 por ciento.
Este hecho hace insostenible la situación de estos trabajadores, muchos de los cuales han pasado a engrosar las listas del paro. La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) denuncia que en menos de cinco años se han perdido 124.000 empleos, lo que puede significar el cierre de muchas actividades paralelas dependientes de las labores agrarias, como la transformación de alimentos, los transportistas, las cooperativas o los fabricantes de abonos y piensos. Y todo esto, sin contar la pérdida de tradiciones y culturas a causa del progresivo abandono y envejecimiento de las zonas rurales, como consecuencia de la falta de opciones de futuro y expectativas laborales de los más jóvenes.
Desde el estallido de la crisis con la quiebra del banco Lehman Brothers, los consumidores han visto caer los precios de los productos en los mercados a expensas del mundo rural, para el que el coste de la maquinaria, fertilizantes, semillas o electricidad no ha parado de crecer en los últimos años. Sin embargo, los intermediarios no se han visto afectados por esta situación.
Cuando se comparan los precios de producción con los de venta al público, las diferencias son sorprendentes. Según la tabla publicada por la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), un kilo de patatas producido en Salamanca le cuesta al distribuidor 0,07€, pero se vende a 0,75€, lo que supone un incremento al consumidor de un 1071 por ciento; un kilo de naranjas valencianas se compra al agricultor por 0,25€, pero se vende a 1,75€, es decir, un 700 por ciento más de lo que costó en su origen. Y así ocurre con el resto de productos.
El reciente informe OCDE/FAO, Perspectivas de la Agricultura 2009-2018, no resulta tranquilizador al respecto, al menos a corto plazo, y se prevé que los precios continúen descendiendo durante dos o tres años. La situación comenzaría a mejorar a partir de entonces, siempre y cuando la crisis económica comience a suavizarse.
Gustavo Duch, ex director de Veterinarios sin Fronteras y colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire afirma que se tiende a una agricultura sin campesinos, en manos de la agroindustria y las grandes cadenas de alimentación. Poco a poco, estas empresas se hacen con el control del mercado, provocan el cierre de los pequeños comercios y presionan a la agroindustria con marcas blancas a bajos precios.
“No podemos permitirnos dejar la alimentación en manos de tres o cuatro conglomerados empresariales”, expone Gustavo Duch. “Su modelo pasa por deslocalizar la producción a terceros países, donde las normativas sanitarias y medioambientales son más permisivas y, donde van para aprovecharse de mano de obra que estrujan olvidando sus derechos, laborales y humanos”. Una auténtica paradoja, ya que precisamente los países pobres, que tienen problemas para acceder a alimentos y tener una vida sana, son los que suministran este tipo de productos a los países ricos.
El 21 de noviembre, bajo el lema “El campo se arruina, movilízate”, la UPA y la COAG, unidas a la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (ASAJA), exigieron al Gobierno la defensa del sector en España y en Bruselas en una manifestación celebrada en Madrid. Demandan precios más altos para sus productos y que el sector sea considerado del mismo modo que otros como el de la banca o el del automóvil, que han recibido importantes ayudas estatales.
Frente a la subida de precios, que repercutiría directamente en los consumidores, algunas asociaciones consideran que la solución está en un mayor control de los costes a los intermediarios, que son los que influyen en el valor final de los productos del campo. Si a esto se le suma el apoyo a las pequeñas empresas familiares, se aseguraría la recuperación de un sector vital para la economía española y, además, se contribuiría a una explotación de los recursos de un modo más ecológico.
Sara Cañizal Sardón
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