martes, 16 de marzo de 2010

Doble rasero nuclear

“Yo sí. Tú no”. Este es el mensaje que EE UU ha enviado a Irán. Obama anunció hace un par de semanas que destinará ocho mil millones de dólares para construir dos reactores nucleares, mientras, por otro lado, busca apoyo para sancionar a Irán por su programa nuclear en el Consejo de Seguridad de la ONU. La polémica está servida.

En el mundo, hay ocho países que han logrado explosionar de modo satisfactorio bombas nucleares, pero solo cinco son considerados como nuclearmente armados: Rusia, Reino Unido, Francia, China y Estados Unidos. Éste último, que ahora clama al cielo por el programa nuclear del país persa, es precisamente el Estado con más armas de destrucción masiva y el único que ha detonado dos bombas nucleares. Por eso las prohibiciones que Obama hace a Irán deben parecerle una broma a Mahmud Amadineyad.

Irán, que inició su programa nuclear de la mano de Estados Unidos, en 1957, le echa un pulso a los norteamericanos y tiene en vilo a toda la comunidad internacional. Aunque insiste en que su intención es generar energía nuclear con fines pacíficos, carece de credibilidad desde que, en 2002, la oposición iraní en el exilio denunciase la existencia de un programa paralelo orientado a crear armas atómicas. El último informe del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) no es tranquilizador al respecto: “La información disponible suscita cierta preocupación sobre la posible existencia en Irán de actividades pasadas o actuales no reveladas vinculadas al desarrollo de una carga explosiva nuclear para un misil”. Además, se confirma que Irán produjo uranio enriquecido al 20%, el mayor nivel producido hasta la fecha.

La crisis nuclear parece no haber hecho sino empezar y en ella no hay ningún bando digno de confianza. Como si el mundo fuese incapaz de apreciar su incongruencia, Obama nos informa de que su nuevo programa nuclear es sólo el comienzo. “Mi presupuesto propone triplicar las garantías para préstamos para ayudar a financiar instalaciones nucleares limpias y seguras", explica. Al parecer su intención es satisfacer su necesidad creciente de energía e impedir las peores consecuencias del cambio climático. Y, de pasada, menciona la ventaja tomada por "Japón y Francia, que han invertido mucho en energía nuclear desde hace tiempo. En estos momentos hay 56 reactores en construcción en todo el mundo: 21 en China, 6 en Corea del Sur y 5 en India". ¿Por qué ninguno de estos países ha sido sancionado? ¿Quién ha decidido que estos Gobiernos no van a emplear sus investigaciones con fines bélicos? ¿Qué credibilidad puede tener el país que creó los desastres de Hiroshima y Nagasaki y tiene actualmente dos guerras abiertas?

Eso mismo debe de pensar Mahmud Amadineyad, que lanza cada vez menos veladas amenazas al otro protagonista de esta historia: “Nosotros no estamos buscando la bomba atómica, porque nuestra bomba real es el pueblo, y si ustedes (las potencias mundiales) intentan causarnos daño, este mismo pueblo les aplastará”.

A Estados Unidos, siempre presto a intervenir en riñas y vendettas, no paran de abrírsele frentes, hasta ahora más reales que el iraní. El último, en la República Popular Democrática de Corea, que ha informado que lanzará un poderoso ataque militar si el gobierno estadounidense y la República de Corea sostienen ejercicios conjuntos y “destruirá sin piedad la agresión movilizando todos los medios ofensivos y defensivos, incluida la disuasión nuclear”, según la agencia de noticias KCNA.

La amenaza nuclear es un hecho. Así lo afirma Gareth Evans, copresidente de la Comisión Internacional para el Desarme Nuclear y la No-Proliferación (ICNND). “Las posibilidades son reales”, afirma. “Es pura carambola que hayamos sobrevivido como mundo a una catástrofe nuclear mayúscula desde 1945. No se debe a los resultados de una política acertada, o cualquier otra cosa que no sea pura buena suerte”.

Que los dirigentes del mundo dejen en manos de la fortuna la tarea de decidir si la humanidad sigue poblando la tierra es una absoluta irresponsabilidad. Es hora de buscar soluciones reales a la crisis energética y emprender un diálogo internacional que conduzca al desarme nuclear. No olvidemos algo importante: Todos los pueblos quieren vivir en paz. No hacen falta líderes para abanderar esta causa.

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