14/04/10
Cañizal Sardón, Sara
La muerte del dirigente ultraconservador y defensor de la supremacía blanca en Sudáfrica, Eugène Terreblanche, a manos de dos trabajadores negros, ha hecho temer que se reavive la tensión racial en el país. Pocos han caído en la cuenta de que, del mismo modo que existen infinitos ejemplos de sonadas meteduras de pata de la humanidad, por suerte también hay grandes paradigmas de sus aciertos. Y Sudáfrica es uno de ellos.
Desde que en 1991 se erradicase el apartheid, Sudáfrica ha sido un modelo de la integración racial entre blancos y negros y paradigma de cómo se puede resolver un conflicto armado de modo pacífico. Lejos han quedado aquellos tiempos en los que los negros y los blancos no podían viajar en los mismos autobuses, residir en las mismas zonas, pasear por las mismas playas u optar a los mismos trabajos. Hoy, en Sudáfrica, el tema del color de la piel se ha convertido en algo irrelevante a la hora de alcanzar las metas personales. Pero lo más sorprendente es que, como cuenta John Carlin, periodista y escritor que vivió seis años en Sudáfrica, a pesar de los desmanes cometidos por los blancos, no existe racismo entre los negros.
Si bien hace un par de años el asesinato de Terreblanch hubiese pasado desapercibido, no es de extrañar que ahora haya levantado tal revuelo. Como siempre tiene que aparecer alguna oveja negra en el rebaño, hace semanas, el presidente de las juventudes del Congreso Nacional Africano (ANC), Julius Malema, en un acto de insensatez suprema, recuperó una canción según él tradicional, sin repercusión o interpretación literal, que llama a “matar al boer”, es decir, al terrateniente blanco. Sus afirmaciones no pudieron ser más desafortunadas. La oposición consideró que con dicha canción se instaba a la violencia racial y hace un par de semanas los tribunales la prohibieron por anticonstitucional.
Haya tenido o no que ver el asesinato de Terreblanche con la canción, lo cierto es que ha levantado ampollas entre la población blanca más extremista y siempre a punto para sumarse al carro de la confrontación. El diario El País informa de que nada más conocerse la noticia en Ventersdorp, la localidad donde residía Terreblanche, comenzó a circular un coche con el cartel “Odio a los negros” y desde el partido Movimiento de Resistencia Afrikaner empezó a caldearse el ambiente. Su secretario, André Visagie recordó los 3.000 asesinatos de agricultores blancos desde el fin del apartheid, hizo una declaración de guerra, llamó a los agricultores blancos a armarse y prometió vengar la muerte de su líder.
Entre los sectores más alarmistas, la Sudáfrica de Mandela, que puso fin a la segregación racial con un llamamiento a la sensatez y a los sentimientos más nobles de los ciudadanos, estaba en peligro. La situación era alarmante y, por ello, el presidente del Gobierno, Jacob Zuma, hizo una inusual declaración en la televisión con la que intentó aplacar los ánimos de los ciudadanos.
Más valdría, en cambio, que se preocupase de parar los pies al mediático Julius Malema, que encarna justo lo que Terreblanche buscaba impedir: el enriquecimiento y el ascenso político de los negros. Si en la actualidad sus afirmaciones racistas y sus provocaciones violentas obtienen el rechazo de la inmensa mayoría de la población sudafricana, lo cierto es que si llegase a consolidarse su ideario no tendrían nada de descabellados aquellos pronósticos pesimistas y agoreros en Sudáfrica.
Malema y Terreblanche. Sudáfrica tiene dos buenos ejemplos de lo que debe erradicar si no quiere repetir su propia historia: los grupos minoritarios y extremistas que promueven el odio racial, que fomentan la violencia y que pretenden “exhumar” a los muertos enterrados hace décadas bajo el signo del perdón. Sudáfrica no tiene que buscar lejos, sino seguir el reflejo de sí misma. Hoy en día es el modelo en el que deberían mirarse un buen número de naciones.
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